Hay días tan claros como caminar sin rumbo y encontrarse de pronto escribiéndose en una nueva interesante historia. Qué más complaciente que la sensación de unidad e integridad entre uno mismo y lo que se quiere ser. Días en que el eco desaparece y dos voces disonantes ya no lo son; son una y cantan. Hace ya varios años que no escribo algo que valga la pena. Unos días pienso que he superado al lenguaje; otros, que el lenguaje me ha superado. Qué atrevidas cavilaciones para alguien tan minúsculo. En todo caso, el panorama no es muy distinto de una maraña de ideas, sueños, proyectos pasados y futuros, más ideas, objetos todos incorporados en un código ininteligible que atraviesa mi vista (la de adentro) y sigue de largo, como si sostuviera frente a mí un gran pliego lleno de Lo Importante, pero fuera incapaz de sustraer palabra alguna dada la imposibilidad de apropiar aquel lenguaje primordial, aquel con el que he de nacer y morir incontables veces en historias y ficciones, pero que nunca (ahora) me será accesible. Más injusto aún es saberme espectador de aquellas proyecciones que salen a flote desde lo profundo de la inconsciencia y me atormentan en espectáculos atroces de seres que se aman y se inmolan en el curso de unos pocos segundos, y yo no puedo describirlos: vivo cómplice silencioso de su devenir; devenir que se convertirá en el nuestro, dado el carácter manifiesto que adquieren aquellos tormentos que desde adentro del alma nos hacen ruido y que terminamos por llamar Destino. Releo estas palabras y no sé quién las ha escrito.
Tras la ventana un ave silba, sin saber que aquel canto estará inscrito profundo en el destino de un hombre.
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